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08 de Julio 2018
"Bienvenida a la guerra": mujer, extranjera y debutante en los Sanfermines del "No es no"



El mordisquito me abrasa todo el cuerpo.

-Toma uno de estos para quitarte el disgusto-, me ofrecen unos chicos después del maldito gol de Griezmann. En el plato veo unos pimientos verdes.

-¿Pican mucho?-, digo.

-No todos-, terminan por convencerme.

Así que muerdo, mastico, trago... y exploto por dentro.

-Anda, dale un trago-, me engañan por segunda vez: lo que parecía agua era gintónic.

Apenas llevo unas horas en la madre de todas las fiestas, la que cada año mezcla a taurinos, juerguistas, corredores sin miedo, sanitarios de la Cruz Roja y clones de Hemingway, y ya he aprendido lo más importante: a los Sanfermines hay que venir prevenida. Soy periodista, nací en Uruguay, vivo en Madrid desde hace menos de un año y me he prestado voluntariamente a vivir este quilombo desde dentro. Durante un día y como una guiri más entre los miles que desayunan cerveza. «¿Es tu primer San Fermín? Te vas a divertir...», me anima nada más llegar un policía municipal, al que frío a preguntas sobre lo que va a pasar en la ciudad hasta el próximo día 14. «El lema es comer y beber. Estar todo el día en la calle con la cuadrilla», me lo resume de otra forma un pamplonés que corrió delante de los toros durante años. «¡Bienvenida a la guerra!».

El primer disparo, un proyectil de vino barato mezclado con Coca-Cola -perdón, kalimotxo-, llega pronto. Me pega justo entre los ojos. Estoy distraída y me da tan fuerte que no puedo abrirlos durante un rato. «Discúlpame, ¿estás bien?», se interesa un australiano -aquí cualquiera con poca melanina pasa por australiano- que a las diez y media de la mañana ya camina haciendo eses. Como quiero observarlo y anotarlo todo en medio del caos, había decidido no tomar, pero... Al final hago amigos, les pido kalimotxo, principalmente para defenderme, y como si viniera de Olite en vez de Montevideo, me sumerjo en esa marea humana que se mueve con independencia de la hora del día.

El Casco Viejo de la capital navarra es una avalancha de gente, cuerpos, manos. En cada esquina se mezclan la adrenalina y el alcohol. ¿Se traduce eso en un aumento de la tensión sexual? Estos Sanfermines son los primeros que los miembros de La Manada se encuentran en libertad provisional. El hecho de que los cinco condenados a nueve años por abusar sexualmente de una chica en 2016 hayan salido de prisión hace unas semanas ha aumentado la sensibilidad social contra las agresiones. «Si me quiero emborrachar y luego digo no, es no», explica una joven mientras se hace una foto junto a la mano roja gigante colocada en el medio de la ciudad. El mismo icono de rechazo se ve en forma de pin en cientos de camisetas. Conductores de autobús, camareros e incluso niños lo lucen. Menos éxito tiene el llamamiento a vestir de negro en señal de protesta. La tradición se impone: predominan el blanco y el rojo.

Admito que en mi estancia no me meten mano ni escucho piropos de dudosa gracia. Tal vez se deba a la presencia de mi compañero Carlos, fotógrafo e improvisado escolta. Pero ni siquiera en los momentos en los que estoy sola paso miedo. Por suerte, no tengo que mirar el folleto con los teléfonos para denunciar un caso de violencia machista.

Lo que sí quiero ver es a los toros en acción. «Correr es un sentimiento que llevas dentro, no estamos locos», responde José, quien confiesa que de joven nunca le dijo a su madre que se ponía delante de los legendarios miuras. ¿Cuál es el mejor sitio para ver el encierro?, pregunto. Ni los pamploneses se ponen de acuerdo: desde un balcón, en la calle, en la propia plaza de toros... Carlos y yo vamos al coso. Pagamos en la reventa 10 euros por entrada, cuatro más que en taquilla, y se me viene a la cabeza la imagen del Coliseo romano.

Una pareja sentada a nuestro lado me cuenta que llevan sin dormir más de 24 horas. «Por eso estamos sentados», confirman. Entre el público hay jóvenes que bailan, cantan y aplauden; otros parecen directamente desfallecidos, y no faltan las familias que se entretienen con la Kiss Cam, pasatiempos importado de la NBA. Amanece y el festejo comienza con los acordes de la banda de música, un baile de más de 100 niñas en el albero y el paseíllo de los voluntarios de la Cruz Roja. Todavía no son las ocho. «Joder, se me está haciendo eterno esto, tío», le dice a su novio una chica con la camiseta manchada y perfumada de tinto peleón.

«La mejor de las suertes para todos los mozos», se escucha decir al speaker por los parlantes. Son los minutos -apenas dos y medio- más angustiosos, eufóricos e interminables de cada mañana. Las pulsaciones de todo el mundo se disparan. Las pantallas gigantes muestran el recorrido y cómo los toros embisten los maderos con los cuernos. En ese momento no sé si alguien ha resultado lastimado y siento angustia. Cuando por fin respiro al pensar que todo ha terminado, me doy cuenta de que entran las vaquillonas. Tremendo. Una de ellas voltea a un joven que andaba distraído. «Lo reventó», me digo. Menos mal que luego no es para tanto.

Carlos no está distraído el mediodía del chupinazo, pero da lo mismo. Cuando prenden el cohete, en la zona cero de la fiesta, él, yo y no sé cuántos más somos barridos por un maremoto que nos arrastra de izquierda a derecha. Somos 12.000 personas en poco más de 2.500 metros cuadrados de plaza. Somos más de un millón en las calles por las que transitan 200.000 habitantes. Nos quedamos sin espacio y sin oxígeno. «¡Permiso! ¡Permiso! Por favor, ¿me dejan pasar?», pido ingenuamente. Se me cierra el pecho y me entra pánico a una posible caída. Carlos me ve la cara de susto y me agarra fuerte del brazo. Un chico se le acerca y le da algo. «Se os ha caído», comenta. Es uno de los objetivos de su cámara. Y no se le ha caído, sino que alguien lo ha sacado de su mochila, junto a otras pertenencias. Acabamos quedándonos sin comer para ir a denunciar el robo. Como tantos otros a los que han robado el móvil, la cámara o la billetera.

Tal y como me la habían descrito, Pamplona es un campo de batalla en esa primera mañana sanferminera, y en la siguiente, y la siguiente... Desde los balcones, familias enteras de blanco impoluto nos arrojan baldes de agua cristalina... y otra bastante más turbia. A saber de qué se trata. «¡A mí, a mí!», piden los más borrachines. ¿Y por qué no podemos agarrar nosotros una buena pistola de agua y contraatacar? «A los de arriba se les respeta», me instruye un autóctono. Acabo a hombros de una chica mientras atruena un aplauso vikingo: ¡hu-hu-hu! La multitud se acompasa a ese ritmo disparatado. Pelotas inflables, gorros, botellas de plástico vacías y hasta zapatos vuelan por los aires. Las peñas bailan al compás de las charangas. Es la lo-cu-ra. Viva San Fermín, Gora San Fermín.

«Carlos, necesito ver el partido», le confieso a mi compañero después de pasar por comisaría. Uruguay, la selección de mi país, la de los españoles Luis Suárez y Diego Godín, juega los cuartos del Mundial frente a Francia. Tengo los nervios de punta. Es el partido de nuestras vidas y «el bar es el útero materno», bromea Carlos mientras buscamos un local para ver el encuentro. Llegamos en el segundo tiempo. Francia ya nos gana 1-0. Soy la única uruguaya, pero no la única hincha. Los parroquianos enseguida empiezan a alentar a La celeste. «¿Uruguasha? ¡Hoy ganáis!», me dicen al escuchar mi acento. Seis o siete chicos que ven el partido me hacen un hueco en su mesa. Llega el segundo gol. El del francés más uruguayo. Pego un grito. Suelto algún improperio. Hasta que me dicen «toma uno de estos para quitarte el disgusto...». Me picó la garganta sólo de recordarlo.

En la esquina del Hotel La Perla, en la plaza del Castillo, entro y pregunto por la habitación en la que se solía alojar Ernest Hemingway, el heraldo universal de los Sanfermines. Dicen que el cuarto conserva los mismos muebles que él conoció. Quiero subir, pero no me dejan. Me gustaría saber qué tenía/tiene la habitación 217 para que haya gente dispuesta a pagar hasta 2.700 euros la noche durante la semana más salvaje del año. Sé que tiene un balcón que da a la calle Estafeta, en el mejor tramo para ver el encierro. Ahí solía asomarse el escritor norteamericano... cuando no se animaba a mezclarse con las reses bravas. También le encantaba ir el Café Iruña a tomar whisky o vermú. «Siempre me preguntan dónde se sentaba. Yo, cuando hay una mesa libre, les digo: 'En ésa'. Miento un poco, pero se quedan contentos», me confiesa uno de los camareros.

«La gente buena, si se piensa un poco en ello, ha sido siempre la gente alegre», narra en su novela Fiesta, la que puso en el mapa a una pequeña ciudad del norte de España. Hemingway visitó la Pamplona en fiestas hasta en nueve ocasiones. Yo no sé si volveré alguna vez a los Sanfermines. Ojalá sí. No todos los años habrá una guindilla traicionera. Ni enfrente estará Griezmann para dejarme sin celebración.



Fuente: El Mundo
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