Testimonios orales de migrantes, historias de vida complementadas con la galería de retratos.
Testimonio de José Magallón

 

  Nombre:
Fecha de nacimiento: 07/10/2008
Tipo: Testimonios escritos

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José Magallón fue hecho prisionero por el ejército alemán durante el desastre de Dunquerque. Según afirma, no se imaginaba para nada lo que iba a pasar durante los cinco años que permaneció en los campos de exterminio de Mauthausen y Ebensée. Ahora, desde su pueblo natal de Blesa (Teruel) cuenta medio siglo después sus experiencias durante el cautiverio y afirma que los jóvenes que intentan resucitar el nazismo no saben lo que hacen.

¿Cómo sobrevivir durante cinco años en campos de exterminio?

- Simplemente ir viviendo y no llamar la atención. Entramos 10.000 españoles y, sin que nadie fuera fusilado, a base de hambre y palizas, sólo salimos 1.800 con vida. (José se encoge de hombros) Tuve suerte, muchísima, y buenos amigos. A los que llevábamos el triángulo azul, que significaba inmigrante, nos trataban mejor. A los republicanos, nos tenían algo de respeto porque decían que habíamos luchado contra el mundo entero.

- El apoyo en una situación así de los demás prisioneros debía ser fundamental.

- Sin los que me ayudaron no estaría vivo. Luego, yo mismo tuve la oportunidad de salvar a otras personas. Sin embargo, en los campos no era todo compañerismo, había mucha gente que sólo pensaba en salvar la pelleja.

- ¿Por ejemplo?

- Los que llamábamos cabos de vara. Eran presos con privilegios que ejercían de vigilantes. A mí me ofrecieron este cargo cuando entré en el campo de Ebensée, pero lo rechacé alegando que no había aprendido el suficiente alemán para entenderme.

- Usted ya llevaba cuatro años prisionero.

- Sí, el jefe de presos que me lo ofreció dijo que era un parrita, que quiere decir tonto. A los pocos días me ofreció un puesto en las cocinas y, claro, acepté. El jefe se me quedó mirando y riéndose me dijo: "Conque para dar palos no sabes alemán y para estar cerca de la comida sí, ¿eh?" La verdad, yo me defendía muy bien, pero tenía claro que no le pegaría a ningún compañero.

- ¿A usted, en cambio, le pegaron alguna vez?

- Sí, recuerdo dos buenas palizas. La primera vez me pillaron dando un plato de comida a un polaco de 14 años. La segunda me acusaron de robar un poco de harina frita y los 25 golpes en el trasero con una vara de alambre forrada de goma no me los quitó nadie. Aquel sargento, Schütz se llamaba, me hizo poner el culo en pito y contar los golpes en alemán. Luego se averiguó que no había sido yo. Schütz me dio la vara y me dijo que le pegara al verdadero culpable. Me negué, pero los rusos del barracón le dieron tal paliza que no volvimos a ver al ladrón.

- ¿Intentaban deshumanizarlos?

- Desde luego, y, a menudo, lo lograban. Para empezar, yo no era José Magallón sino el preso 4.638. Los guardias te trataban peor que un animal, como si no existieras o no merecieras su atención. Eso era casi lo que más dolía. Las mismas reglas del campo te deshumanizaban. Por ejemplo, cada día, en la cantera de Mauthausen, dos judíos escogidos al azar eran enviados a cada uno de los cuatro nidos de ametralladora que nos vigilaban. Los hombres que subían los cadáveres, con los números de


preso de los muertos, tenían derecho a su ración de agua sucia y pan del día. Claro, había bofetadas por ese privilegio.

- El que las víctimas fueran escogidas sin ninguna razón aparente sería una fuerte presión psicológica.

- Era algo asumido. Cuando nos cogieron como prisioneros de guerra no podíamos imaginarnos ni remotamente lo que íbamos a pasar. Al final, teníamos un dicho "Heute gut, Morgen kaputt", "hoy bien, mañana muerto". Teníamos asumido que si los aliados no nos liberaban, aquello no lo contábamos. Muchos no podían resistirlo y se tiraban contra la valla electrificada.

- Es duro que un compañero se suicide a fuerza de desesperación.

- Los mismos SS designaban cada día a unos cuantos que esa noche se tenían que ahorcar. Durante todo el día los vigilantes les molían a palizas y a la ahora de comer en lugar de la ración les daban un pedazo de cuerda. Nadie resistía.

- ¿Los oficiales y los vigilantes creían en lo que hacían?

- La mayoría sí, los SS y los Gestapo hacían ciegamente lo que les mandaban y estaban orgullosos de su trabajo. Incluso los mismos criminales alemanes que estaban presos creían en Hitler. Cuando se dieron cuenta de que perdían la guerra, algunos cambiaron y eran más blandos. Sin embargo, dentro de la Wermatch, el ejército regular, había gente diferente. Recuerdo cuando fuimos hechos prisioneros en Dunquerque por una compañía austríaca. Eran personas muy buenas y sencillas. Los de la cantera eran verdaderos demonios.

- El comandante de Ebensée quiso terminar su labor en los últimos días.

- Sí, los prisioneros sabíamos cómo iba la guerra. En el 45, hacía ya mucho tiempo que no nos enseñaban mapas con las últimas conquistas y un joven checo tenía una radio clandestina. El comandante dijo que (José se pone firme en la silla e imita un cortante acento alemán) "lucharemos hasta el último cartucho". Querían meternos en la mina y luego volarla. Nos negamos a entrar, nos apiñamos armados con cuchillos robados en las cocinas y gracias a que la mitad de los oficiales se pusieron en contra de la masacre nos salvamos.

- Ahora mismo, hay jóvenes que intentan recobrar esta ideología. ¿Cree que saben lo que hacen?

- Si esos cabezas rapadas tuvieran idea de lo que pasó en los campos, no actuarían así. A veces, pienso que a lo mejor haría falta cascarles leña para que no vuelva a pasar lo mismo.

- ¿Cómo fue el momento de la liberación?

- De alegría, (José queda callado un momento mirando hacia el vacío). No he llorado más en mi vida. Hacía unos días que los nazis habían huido y el ejército regular no nos maltrataba pero tampoco nos alimentaba porque, la verdad, no tenían comida ni para ellos. Cuando aparecieron los americanos... No sé describirlo, los que mayor impresión se llevaron fueron ellos al ver lo que habíamos pasado y cómo estábamos.

- ¿Cuál fue el peor momento?

- En 1940, estuvieron 7 meses haciendo experimentos médicos con nosotros. No nos daban ni pan, ni sal, ni grasa y nos tenían a trabajos forzados. Cada semana nos pesaban para ver cuánto más podríamos aguantar sin reventar.  Llegué a pesar 48 kilos, mientras mi peso estaba en los 78.

- Estaría irreconocible.

- Y tanto. Recuerdo que otro mozo del pueblo fue capturado a los pocos meses. Un día que estaba en el barracón 16 oí como me llamaban, "José, José, ¿qué haces?" "Aquí estoy largo", le contesté, "pero, ¿quién eres?" "Martín", me dijo. Hay que joderse, no le reconocía: "Pero, tú que has sido siempre tan colorado y tan royo y ahora estás tan blanco, ¿qué te ha pasado?", le pregunté. "Pues anda que si te vieras tú", me dijo, "que pareces la muerte en cueros". (José ríe mientras suelta un juramento que haría enrojecer a un marinero), imagínate lo delgadicos que estábamos.

- ¿Qué se piensa en esos momentos?

Absolutamente nada. Cuando daban por la noche la orden de silencio o te dormías o hacías planes para coger un trabajo bueno al día siguiente o hacerte con una hoja de col. En salir no se pensaba, en la familia tampoco. En cinco años sólo pude escribir una carta.

Absolutamente nada. Cuando daban por la noche la orden de silencio o te dormías o hacías planes para coger un trabajo bueno al día siguiente o hacerte con una hoja de col. En salir no se pensaba, en la familia tampoco. En cinco años sólo pude escribir una carta.


José Magallón fue hecho prisionero por el ejército alemán durante el desastre de Dunquerque. Según afirma, no se imaginaba para nada lo que iba a pasar durante los cinco años que permaneció en los campos de exterminio de Mauthausen y Ebensée. Ahora, desde su pueblo natal de Blesa (Teruel) cuenta medio siglo después sus experiencias durante el cautiverio y afirma que los jóvenes que intentan resucitar el nazismo no saben lo que hacen.

¿Cómo sobrevivir durante cinco años en campos de exterminio?

- Simplemente ir viviendo y no llamar la atención. Entramos 10.000 españoles y, sin que nadie fuera fusilado, a base de hambre y palizas, sólo salimos 1.800 con vida. (José se encoge de hombros) Tuve suerte, muchísima, y buenos amigos. A los que llevábamos el triángulo azul, que significaba inmigrante, nos trataban mejor. A los republicanos, nos tenían algo de respeto porque decían que habíamos luchado contra el mundo entero.

- El apoyo en una situación así de los demás prisioneros debía ser fundamental.

- Sin los que me ayudaron no estaría vivo. Luego, yo mismo tuve la oportunidad de salvar a otras personas. Sin embargo, en los campos no era todo compañerismo, había mucha gente que sólo pensaba en salvar la pelleja.

- ¿Por ejemplo?

- Los que llamábamos cabos de vara. Eran presos con privilegios que ejercían de vigilantes. A mí me ofrecieron este cargo cuando entré en el campo de Ebensée, pero lo rechacé alegando que no había aprendido el suficiente alemán para entenderme.

- Usted ya llevaba cuatro años prisionero.

- Sí, el jefe de presos que me lo ofreció dijo que era un parrita, que quiere decir tonto. A los pocos días me ofreció un puesto en las cocinas y, claro, acepté. El jefe se me quedó mirando y riéndose me dijo: "Conque para dar palos no sabes alemán y para estar cerca de la comida sí, ¿eh?" La verdad, yo me defendía muy bien, pero tenía claro que no le pegaría a ningún compañero.

- ¿A usted, en cambio, le pegaron alguna vez?

- Sí, recuerdo dos buenas palizas. La primera vez me pillaron dando un plato de comida a un polaco de 14 años. La segunda me acusaron de robar un poco de harina frita y los 25 golpes en el trasero con una vara de alambre forrada de goma no me los quitó nadie. Aquel sargento, Schütz se llamaba, me hizo poner el culo en pito y contar los golpes en alemán. Luego se averiguó que no había sido yo. Schütz me dio la vara y me dijo que le pegara al verdadero culpable. Me negué, pero los rusos del barracón le dieron tal paliza que no volvimos a ver al ladrón.

- ¿Intentaban deshumanizarlos?

- Desde luego, y, a menudo, lo lograban. Para empezar, yo no era José Magallón sino el preso 4.638. Los guardias te trataban peor que un animal, como si no existieras o no merecieras su atención. Eso era casi lo que más dolía. Las mismas reglas del campo te deshumanizaban. Por ejemplo, cada día, en la cantera de Mauthausen, dos judíos escogidos al azar eran enviados a cada uno de los cuatro nidos de ametralladora que nos vigilaban. Los hombres que subían los cadáveres, con los números de


preso de los muertos, tenían derecho a su ración de agua sucia y pan del día. Claro, había bofetadas por ese privilegio.

- El que las víctimas fueran escogidas sin ninguna razón aparente sería una fuerte presión psicológica.

- Era algo asumido. Cuando nos cogieron como prisioneros de guerra no podíamos imaginarnos ni remotamente lo que íbamos a pasar. Al final, teníamos un dicho "Heute gut, Morgen kaputt", "hoy bien, mañana muerto". Teníamos asumido que si los aliados no nos liberaban, aquello no lo contábamos. Muchos no podían resistirlo y se tiraban contra la valla electrificada.

- Es duro que un compañero se suicide a fuerza de desesperación.

- Los mismos SS designaban cada día a unos cuantos que esa noche se tenían que ahorcar. Durante todo el día los vigilantes les molían a palizas y a la ahora de comer en lugar de la ración les daban un pedazo de cuerda. Nadie resistía.

- ¿Los oficiales y los vigilantes creían en lo que hacían?

- La mayoría sí, los SS y los Gestapo hacían ciegamente lo que les mandaban y estaban orgullosos de su trabajo. Incluso los mismos criminales alemanes que estaban presos creían en Hitler. Cuando se dieron cuenta de que perdían la guerra, algunos cambiaron y eran más blandos. Sin embargo, dentro de la Wermatch, el ejército regular, había gente diferente. Recuerdo cuando fuimos hechos prisioneros en Dunquerque por una compañía austríaca. Eran personas muy buenas y sencillas. Los de la cantera eran verdaderos demonios.

- El comandante de Ebensée quiso terminar su labor en los últimos días.

- Sí, los prisioneros sabíamos cómo iba la guerra. En el 45, hacía ya mucho tiempo que no nos enseñaban mapas con las últimas conquistas y un joven checo tenía una radio clandestina. El comandante dijo que (José se pone firme en la silla e imita un cortante acento alemán) "lucharemos hasta el último cartucho". Querían meternos en la mina y luego volarla. Nos negamos a entrar, nos apiñamos armados con cuchillos robados en las cocinas y gracias a que la mitad de los oficiales se pusieron en contra de la masacre nos salvamos.

- Ahora mismo, hay jóvenes que intentan recobrar esta ideología. ¿Cree que saben lo que hacen?

- Si esos cabezas rapadas tuvieran idea de lo que pasó en los campos, no actuarían así. A veces, pienso que a lo mejor haría falta cascarles leña para que no vuelva a pasar lo mismo.

- ¿Cómo fue el momento de la liberación?

- De alegría, (José queda callado un momento mirando hacia el vacío). No he llorado más en mi vida. Hacía unos días que los nazis habían huido y el ejército regular no nos maltrataba pero tampoco nos alimentaba porque, la verdad, no tenían comida ni para ellos. Cuando aparecieron los americanos... No sé describirlo, los que mayor impresión se llevaron fueron ellos al ver lo que habíamos pasado y cómo estábamos.

- ¿Cuál fue el peor momento?

- En 1940, estuvieron 7 meses haciendo experimentos médicos con nosotros. No nos daban ni pan, ni sal, ni grasa y nos tenían a trabajos forzados. Cada semana nos pesaban para ver cuánto más podríamos aguantar sin reventar.  Llegué a pesar 48 kilos, mientras mi peso estaba en los 78.

- Estaría irreconocible.

- Y tanto. Recuerdo que otro mozo del pueblo fue capturado a los pocos meses. Un día que estaba en el barracón 16 oí como me llamaban, "José, José, ¿qué haces?" "Aquí estoy largo", le contesté, "pero, ¿quién eres?" "Martín", me dijo. Hay que joderse, no le reconocía: "Pero, tú que has sido siempre tan colorado y tan royo y ahora estás tan blanco, ¿qué te ha pasado?", le pregunté. "Pues anda que si te vieras tú", me dijo, "que pareces la muerte en cueros". (José ríe mientras suelta un juramento que haría enrojecer a un marinero), imagínate lo delgadicos que estábamos.

- ¿Qué se piensa en esos momentos?

Absolutamente nada. Cuando daban por la noche la orden de silencio o te dormías o hacías planes para coger un trabajo bueno al día siguiente o hacerte con una hoja de col. En salir no se pensaba, en la familia tampoco. En cinco años sólo pude escribir una carta.

- ¿Y el momento en el que más cerca estuvo de ser asesinado?

- No fue un momento sino un buen rato. El cabo de cada barraca era el encargado de guardar el pan. Todas las noches, cuando se apagaban las luces, me levantaba y robaba lo que podía, y, como yo, otros. Una noche, el cabo metió tinta en el pan. Por la mañana me levanté antes que los demás porque un sargento me había encargado algo. Cuando volví todos los que tenían la boca manchada de tinta estaban muertos. A mí, después de pasear por todo el campo marcado con la muerte, me avisó un chico de Calanda. Me hizo estar lavándome hasta que no quedó ni rastro. Hacía falta suerte para sobrevivir.