Testimonios orales de migrantes, historias de vida complementadas con la galería de retratos.
Tres sueños que terminan en las calles de la Comunitat

 

  Nombre: Daniel Guindo
Fecha de nacimiento: 30/05/2021
Tipo:

Fuente: Las Provincias
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Brahim, Sufian y Faesen tenían un sueño. Querían llegar a Europa y labrarse un futuro. Encontrar un trabajo, comprar una casa y crear una familia eran sus anhelos, las motivaciones que impulsaron a estos jóvenes a abandonar sus hogares y viajar hasta España. Pero se han dado de bruces con la realidad, con las dificultades para conseguir permisos de trabajo y residencia, con las insuficientes ayudas públicas y con un entramado burocrático difícil de solventar para personas sin recursos y que no dominan el idioma. Han tenido que lidiar con empresarios que se han aprovechado de su situación, con trabajos mal remunerados y sin contrato, pero también han visto la luz al final del túnel gracias a la solidaridad de los voluntarios de ONG como Amigos de la Calle o València Refugi, entidades que tratan de atender sus necesidades más básicas. Son tres historias, tres ilusiones truncadas. Pero también son rostros que reflejan el drama de la inmigración que deriva en crisis humanitarias tan cercanas como las vividas en Canarias o Ceuta. Tres sueños que terminaron en la calle y se tornaron en una pesadilla de la que quieren despertar.

No había cumplido todavía los 15 años cuando Brahim salió de Marruecos y se embarcó en una patera rumbo a Tarifa. Sólo era un adolescente con ganas de comerse el mundo. Su periplo en España arrancó bien. «Encontramos a un árabe que nos llevó a su casa y me compró un billete de autobús para Almería», recuerda en un encuentro con LAS PROVINCIAS en una zona ajardinada próxima a la Estación de Autobuses de Valencia. Nada más llegar, la Guardia Civil lo trasladó hasta un centro de menores de la ciudad, donde pasó cerca de un año. El joven llegó a Valencia en 2017 y lo primero que hizo fue acudir a una comisaría de policía. Sabía que su destino seguían siendo la tutela de la Administración, por lo que primero pasó por el centro de recepción de Buñol y luego por las residencias de Paterna y Algemesí. Brahim sabe que la formación es vital para labrarse un futuro laboral. «Hice un curso de mecánico, otro de albañil y empecé un tercero de electricista que no pude terminar porque cumplí los 18 años y tuve que abandonar el centro de menores». Este joven abandonó la residencia sin un domicilio fijo y, sin dirección, no podía finalizar la formación. «Al principio me fui a la calle, donde estuve unas tres semanas. Después pude pasar seis meses en el albergue del Centro de Atención al Inmigrante, y luego en otro de Aldaia, pero al final tuve que volver a la calle«, describe. Su única oportunidad laboral fue trabajar de temporero en el campo hasta que finalizó la temporada de la naranja. »Un empresario me pidió 4.000 euros para hacerme un contrato, y eso que es paisano mío«, lamenta. Ahora alterna un garaje y un puente en el cauce del Turia como dormitorio mientras que a sus 19 años sigue »luchando« para conseguir unos papeles que le permitirían normalizar su estilo de vida. Entre cartones y con desconfianza –hace unos días le robaron el móvil– espera una oportunidad que continúa demorándose. Un trance similar espera a medio plazo a buena parte de los 43 menores que se trasladarán a la Comunitat procedentes de Canarias y Ceuta mientras la Generalitat no logre incrementar las plazas en los recursos para jóvenes extutelados previstos en la Comunitat.

Sufian, uno de los compañeros de Brahim, llegó a España a punto de cumplir los 30 años. «Vine en barco, pagando 7.000 euros, como un turista». Desembarcó en Ceuta hace dos años y medio y desde allí se dirigió a Madrid. Hace un par de meses se trasladó a Valencia. Este ciudadano marroquí esperaba que su formación en peluquería podría abrirle puertas para desarrollar su trayectoria profesional, pero «sin permiso de residencia ni de trabajo es imposible». «Te hacen papeles, pero si consigues un contrato. Y al final los papeles se traducen en confianza y hay pocas personas buenas«, apunta con serias dificultades para expresarse.

El tercero en discordia es Faesen, que a sus 22 años ya lleva 17 meses en Valencia. También llegó en patera a Tarifa. Huelva, Barcelona o San Sebastián han sido algunos de sus destinos, como narra en un fluido inglés. Se trasladó a Valencia «porque me dijeron que aquí la cosa iba un poco mejor», pero también vive en la calle, «en el río», puntualiza. «Busco a alguien que me eche un cable para poder empadronarme» es su grito de auxilio. Faesen estuvo trabajando «pero sin papeles, cobrando al día« en la campaña temporera de la naranja. »Ojalá ahora hubiese al menos eso«, exclama. »Ahora a seguir luchando, poco a poco«.

La novedad de estos días ha sido una visita de técnicos del CAI, que según les trasladaron están haciendo un listado de las personas que viven en la calle que quieran vacunarse contra el Covid-19. Gestos así les llena de moral, les recuerda que forman parte de la sociedad y de que, al menos en parte, se preocupan por ellos. Por contra, el temor de recibir una orden de expulsión es una de las cuestiones que les roba el sueño. «Cuando me para la policía siempre me pide una dirección de empadronamiento. A un compañero se lo llevaron a Extranjería y lo deportaron», señala mientras se recoloca la mascarilla.

Mientras detallan sus vivencias a este diario, Nieves, una voluntaria de Amigos de la Calle, les informa de las gestionan que vienen haciendo para mejorar su situación. Y todo ello pasa por encontrar un trabajo. «Estamos hablando con el propietario de una finca que tiene naranjos y una casa, a ver si podemos llegar a un acuerdo», indica mientras traslada su malestar por las dificultades para contactar con el consulado de Argelia. «Les vamos a encontrar trabajo como sea», sentencia. Nieves se emociona al describir los dramas por los que han atravesado la mayor parte de los inmigrantes que atiende. «Cuando llegan a España dicen que recuperan su dignidad como ser humano«, describe.

Mecanismo estable

Por otra parte, y frente a todo ello, la vicepresidenta y consellera de Igualdad y Políticas Inclusivas, Mónica Oltra, anunció ayer que en los próximos dos meses se trabajará en un «mecanismo estable» que defina los criterios para el reparto de menores migrantes entre comunidades en casos como la crisis migratoria que se está viviendo en la ciudad autónoma de Ceuta en los últimos días. Oltra explicó que los 25 niños y adolescentes procedentes de los centros de protección de Ceuta que acogerá la Comunitat se alojarán en una de las residencia u hogares de los que dispone el sistema de protección de la Generalitat, aunque «la fecha exacta de llegada no se sabe todavía».

Ahora, Ceuta preparará todos los expedientes para ver qué niños van a cada comunidad autónoma y a partir de ahí, en un trabajo conjunto con la Comunitat, «cuando Ceuta pueda hacer esos traslados los acogeremos aquí en nuestra casa y les daremos todo el afecto que necesiten«, aseguró. La Comunitat inicialmente iba a acoger a 13 menores pero finalmente suma otros 12 que La Rioja no puede atender, porque, según dijo, »no tiene infraestructuras suficientes en este momento y solo puede acoger a cinco de los 17 que tenía asignados«. Ante esta situación, la vicepresidenta del Consell señaló que la Comunitat ha decidido hacer »un esfuerzo extraordinario adicional mientras La Rioja prepara sus infraestructuras para poder acoger« a estos menores.

Desde su punto de vista, «tal y como está la situación en la ciudad autónoma de Ceuta y tal y como vamos hacia el verano, es posible que necesitemos un mecanismo estable y en eso también vamos a trabajar en los próximos dos meses«, ya que »todas las comunidades tienen que tener la capacidad de colaborar en lo que es al final una cuestión que afecta a todo el Estado«.