Testimonios orales de migrantes, historias de vida complementadas con la galería de retratos.
Jamal Alkaed, a puñetazos contra la guerra de Siria

 

  Nombre: Daniel Rivas
Fecha de nacimiento: 15/04/2018
Tipo:

Fuente: El Mundo
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A Jamal se le hizo pequeño el cuadrilátero. Los soldados de Bashar Al Asad entraron en su gimnasio de Damasco y le exigieron que formara a las tropas. Casi al mismo tiempo, las fuerzas rebeldes llegaron con la misma petición. Le achicaron el aire y se zafó antes de quedar atrapado en el ring: huyó de Siria.

No quiso elegir rival, así que terminó en un edificio okupado de Atenas. Ahí le robaron el dinero con el que había conseguido escapar. No importó su torso musculado, sus manos como palas y su pasado como boxeador profesional.

Un año y medio después de huir de su país, Jamal Alkaed se presenta vestido con un buzo azul de trabajo. No hay rastro de los guantes, los calzones y los botines con los que se ganaba la vida. En la actualidad, trabaja en el Victoria Social Center, un edificio gestionado por la ONG española En red SOS Refugiados, donde ayudan a las personas migrantes en la capital griega.

Su rutina es un continuo subir y bajar escaleras. Pero cuando pasa por el segundo piso su mirada se detiene en una puerta cerrada: ahí está el gimnasio. Y Jamal espera a sus alumnos. Dentro de la pequeña aula, el boxeador se sube al cuadrilátero y, como hizo en el pasado, no busca enemigos. «En la guerra, me tantearon porque pensaban que les enseñaría a ser mejores soldados. Pero yo no quería tener las manos manchadas de sangre. Cerré mi gimnasio y me marché a Europa», rememora Jamal. Llevaba 18 años entrenando a deportistas.

Su viaje estuvo condicionado también por la sospecha. Primero llegó a Hama, de donde tuvo que marcharse cuando entró ISIS y quiso reclutar a los varones. Después, en Idlib, fue detenido por los yihadistas del Frente al Nusra: «Pasé tres días en la cárcel, me interrogaron sobre quién era y por qué quería abandonar la lucha en Siria», explica. Un hombre atlético, de 45 años y que trataba de huir del país, era sospechoso para todos los bandos de la guerra.

En Damasco se quedaron su mujer y sus dos hijos, una niña de 14 años y un chico de ocho: «Están en un lugar seguro», apunta el boxeador. Jamal viajó sin ellos porque tenía miedo del camino. Pensaba que le iban a pasar «cosas muy malas». Y no quería que su familia sufriera. Como si hubiera esquivado un golpe, levanta la cabeza y habla con orgullo de su gimnasio actual: «Todo lo que ves, lo he hecho yo con mis manos», apunta.

Es una habitación fría, con las paredes pintadas de blanco y un póster cuadrado de dos metros de una película de acción con el título en griego. Dice que le ayuda a motivarse. De las paredes cuelgan unas espalderas hechas con madera de palé. Hay una bicicleta estática y en el cuadrilátero, las cuerdas se sujetan con tubos de PVC. «Sólo puedo ser fuerte porque sé que mi mujer y mis hijos no han tenido que sufrir el trayecto hasta Grecia», cuenta.

Jamal inauguró el gimnasio hace tres meses y, a pesar de que es gratuito, todavía no tiene muchos alumnos. Al mediodía, unas 10 chicas vienen a practicar: «Quieren estar en forma y además aprenden cómo defenderse. No son muchos porque nadie quiere quedarse en Atenas, todo el mundo piensa en seguir su viaje», reflexiona.

Aun así, en la capital griega miles de personas esperan durante meses que se resuelva su petición de asilo. «Es como una puerta cerrada», detalla Jamal y «muchos jóvenes ven las drogas y el alcohol como la única salida. Sienten que no hay nada que hacer y que no tienen otra alternativa que ir a la plaza a pasar el tiempo».

El boxeador sirio abre las puertas de su gimnasio con la esperanza de que esos chavales dejen de estar en la calle y se escurran entre las cuerdas del cuadrilátero. Sabe que no es una solución a largo plazo: «Necesitaría toda una jornada, durante muchos días, para ayudar a alguien a dejar la droga», explica. Pero cree que si se pelean sobre ese ring, quizá no lo hagan borrachos en las calles. «Con el boxeo, pueden soltar todo lo malo que llevan dentro». Jamal entrena solo a un puñado de muchachos y sabe que ninguno piensa en competir en Grecia. Su objetivo es mucho más simple: «Que se entretengan y no piensen en qué va a pasarles mañana».

Con 18 años, Jamal empezó a pelear en los campeonatos nacionales de Siria. No recuerda exactamente cuántos combates ganó porque olvidaba rápido la victoria y pensaba sólo en el siguiente. Sabe que perdió muy pocas veces. En esa época, pesaba 63 kilos: «Era útil ser ligero porque podía moverme rápido y lanzar el brazo con fuerza», narra.

Justo al contrario, cuando llegó a Atenas recibió un golpe que limitó sus movimientos: como le habían robado, no podía pagar al traficante para que le llevara a Alemania. Jamal, ambidiestro, usó la misma defensa que le había llevado hasta Grecia: no quería elegir enemigos ni sangre en sus manos. Por eso, cada tarde se encuentra con residentes de Single Men, el edificio okupa donde durmió en sus primeros días en la ciudad. El boxeador sólo alarga el brazo para entregarles la comida que sobra de la cocina que la ONG vasca Zaporeak gestiona en el Victoria Social Center.

«Antes nadie quería hablar con los migrantes que viven en el Single Men», argumenta el deportista, «porque el sitio tiene muy mala fama». Él, además de charlar con ellos, también les intenta convencer de que se apunten al gimnasio. «Quiero que dejen atrás su vida donde sólo hay tiempo para las drogas», afirma.

Jamal sonríe de manera coordinada después de contar algo triste. De vez en cuando, se mira las manos grandes, hinchadas de trabajar. Y resume su visión del boxeo: «Es por diversión, entre amigos, nunca por luchar».

De repartir golpes a repartir pan y leche

Patricia Colón, responsable del Victoria Social Center, conoció hace un año y medio a Jamal. Casi a diario, entregaba comida en la casa 'okupa'; él la repartía. El boxeador había sido elegido para esa tarea por sus compañeros. Entre otras actividades, hay clases de inglés, de griego y de español; guardería y aulas para lactantes. Semanalmente se reparte ropa, leche, pañales y comida para unas 600 personas. Y atienden con bienes de primera necesidad a la gente que vive en casas 'okupadas' en Atenas: aproximadamente 3.000 personas. Jamal se encarga de que se cocinen y se entreguen 100 raciones para sus antiguos compañeros de Single Men.