Galería de retratos de migrantes con historias de vida

Fernando Sancho Gracia

 

  Nombre:
Fecha de nacimiento: 15/01/2009
Tipo: Retratos
Fuente: Blog de Sergio del Molino
URL relacionado: http://sergiodelmolino.blogia.com/2006/050801-el-alcalde-aragones-que-fue-victima-de-los-nazis.php
Descripción:

Fernando Sancho, primer edil de Almonacid de la Cuba durante la República, falleció en el campo de exterminio de Gusen en 1941 

Un frío formulario en alemán, sellado por un funcionario austriaco en el municipio de Bad Arolsen el 30 de mayo de 1997, certifica el fallecimiento, casi 56 años antes -el 2 de noviembre de 1941-, de Fernando Sancho Gracia, nacido en Cucalón (Teruel) y con último domicilio conocido en Almonacid de la Cuba (Zaragoza). Nada especifica el documento sobre la causa de la muerte, pero el lugar del óbito es más que significativo: Gusen, una minúscula aldea austriaca situada a diez kilómetros escasos de Mauthausen.

¿Fue Fernando Sancho ejecutado en el campo de exterminio nazi, como todo parece indicar, o simplemente sucumbió al terror y al hambre? ¿Acaso importa?: “Para mí, está claro que murió asesinado, como todos los que acabaron allí”, sentencia su nieta, Teresa Grasa Sancho.

Como sucede con la mayoría de los casi 500 aragoneses que perdieron la vida en Mauthausen y Gusen, la historia de Fernando Sancho ha quedado ahogada por el peso de décadas de silencio. Silencio en su pueblo, donde muchos testimonios recuerdan al que fuera alcalde durante la República, aunque hasta la fecha no ha aparecido un documento que lo confirme (probablemente se encontrará en una caja del Archivo de Salamanca, junto al resto de la documentación de la localidad de aquella época). Silencio en su familia, donde su ausencia era un tabú doloroso. Silencio, finalmente, en los libros de historia y en los recuerdos de los supervivientes del horror nazi. Su historia, hasta ahora, ha pasado totalmente desapercibida.

Ha sido el tesón de su nieta Teresa, que apenas sabía nada de su abuelo, el que ha recuperado el trágico periplo de uno de los últimos alcaldes republicanos de Aragón, reuniendo los poquísimos documentos que lo corroboran.

El 5 de mayo de 1945 -el viernes se cumplieron 61 años-, las tropas aliadas entraron en los campos de Mauthausen y Gusen, liberando a los supervivientes. Fernando Sancho no estaba entre ellos. Había muerto más de tres años antes, casi a la vez que otros dos convecinos de Almonacid de la Cuba que probablemente le acompañaron en el exilio: Tomás Mínguez Soriano y Antonio Teresa Martínez.

El molinero republicano

Fernando Sancho era un hombre de 33 años cuando se proclamó la Segunda República en 1931, y tenía 38 cuando estalló la guerra. Por su edad, no entró en combate y nunca perdió su condición de civil. Según los testimonios que ha recogido la familia, era un hombre pacífico, de hondas convicciones republicanas, que desde los años 20 participó febrilmente en la implantación del republicanismo en Almonacid. Por eso se afilió al Partido Radical Socialista (de ideario ecléctico, situado en un centro político que basculaba entre la derecha y la izquierda) y participó en el Casino Republicano de la localidad, una institución político-social muy común en el Aragón de entonces. Era molinero, como su padre, y disfrutaba de una situación económica desahogada que le permitía dedicarse también a sus otras dos pasiones: la caza y los caballos, pues tenía fama de ser un excelente jinete.

Como era una persona respetada y querida, fue elegido alcalde durante el período republicano. Al igual que les pasó a casi todos los primeros ediles aragoneses de aquellos años, su principal cometido fue repartir las tierras comunales entre los campesinos más pobres, tal y como exigía la Ley para la Reforma Agraria aprobada por las Cortes. No queda rastro de ese reparto, pero no cabe duda de que la aplicación de esa polémica norma (tachada de revolucionaria por las derechas y de tibia por las izquierdas) fue el origen de las más graves tensiones políticas en Almonacid.

Tras el estallido de la guerra, Aragón quedó partido en dos zonas, y la línea de separación pasaba muy cerca de Almonacid de la Cuba, que acabó en el lado republicano, controlado por las milicias anarquistas y adscrito al llamado Consejo de Aragón. El Ayuntamiento se transformó en Consejo Municipal, y Fernando Sancho continuó trabajando en él.

Así siguieron las cosas, más o menos estables, hasta el 11 de marzo de 1938, cuando las tropas regulares marroquíes entraron en Almonacid de la Cuba, conquistándolo para el bando franquista. Unos días antes, Fernando Sancho y su familia huyeron, pero su mujer y sus hijos decidieron volver tras avanzar unos pocos kilómetros, por miedo a perder las tierras y la casa si las abandonaban. Sancho siguió camino a Barcelona, junto a un grupo de republicanos del pueblo. Su familia quedó en el otro lado del frente.

En enero de 1939, poco antes de que el Ejército franquista entrara en la capital catalana, el depuesto alcalde de Almonacid de la Cuba cruzó la frontera con Francia, junto a otro medio millón de refugiados que huían de la represión. Atendido por unas autoridades francesas desbordadas, fue internado en el campo de refugiados de Saint Cyprien, junto con otros 80.000 compatriotas. Fue allí, en unas condiciones míseras, donde retomó el contacto con su esposa a través de unos familiares de Zaragoza que se ofrecieron a hacer de intermediarios para burlar, en la medida de lo posible, la censura postal.
Aparentemente, Sancho estaba a salvo y bien acompañado, como dice en algunas misivas para tranquilizar a su familia. Le arropaban al menos tres vecinos de Almonacid. Uno de ellos, Francisco Mínguez, que no fue deportado a Mauthausen y murió en Toulouse en 1998, fue clave para desenmarañar la oscura historia posterior.

Sancho envió media docena de postales entre abril de 1939 y mayo de 1940 que permiten seguir su itinerario hasta su internamiento en Mauthausen. Desde la última postal, su esposa y sus tres hijos no supieron nada más de él hasta los años 50. Ni siquiera sabían si estaba vivo o muerto, y no fue hasta 1959 -21 años después de despedirse de él en las afueras de Almonacid- cuando su mujer recibió la confirmación oficial de que el prisionero 10.617 de Gusen, fallecido el 2 de noviembre de 1941, era Fernando Sancho. El certificado de defunción se selló en 1997. ¿Cómo era posible, se preguntaba su familia, si él no había combatido y jamás había empuñado un arma contra una persona? Su único crimen: haber sido un alcalde elegido democráticamente.
Aunque los escasos párrafos de las postales son parcos en detalles, contrastados con los datos históricos, bastan para reconstruir el periplo.

Refugiados con condiciones

En abril de 1939, el Gobierno de París decretó que todos los extranjeros de entre 20 y 48 años que gozaban de asilo político en suelo francés debían alistarse a la Legión Extranjera del Ejército o, si querían seguir siendo civiles, integrarse en una de las Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE) creadas en los mismos campos del sur del país. Desobedecer el decreto implicaba perder la condición de refugiado.

Al parecer, Fernando Sancho se integró en la CTE número 4, que fue destinada después del verano a la pequeña localidad alpina de Touët-sur-Var. Su misión: construir defensas en el área fronteriza para repeler un posible ataque de la Italia de Benito Mussolini. Las CTE estaban mal dotadas y las condiciones de trabajo eran muy duras. La paga, escasa, y la comida, mala. Sin embargo, Fernando dice, en una carta fechada el 29 de diciembre de 1939, que el trabajo (sin especificar en qué consistía) no era duro y que en Navidad cenaron bien y comieron turrón. Probablemente, mentiras piadosas para no preocupar a su familia.

Durante algún permiso, Fernando visitó en compañía de sus convecinos almonacidenses la cercana ciudad de Niza, que debió gustarle mucho. En ella se hizo con un paquete de postales, de donde se nutrió para comunicarse con su familia, pues ya no aparecen estampas de ningún otro lugar en el resto de sus misivas.

En febrero de 1940, la CTE de Fernado Sancho fue llamada a reforzar el flanco más amenazado: la línea Maginot, que pretendía frenar a los nazis por el norte. Se embarcó en un tren que, tras 44 horas de tortuoso viaje, le dejó en Nancy, una ciudad que le resultó deprimente y gris.
Desde allí envió sus últimos testimonios, pocos días antes de que Hitler lanzara la gran ofensiva de mayo de 1940 sobre los Países Bajos, Bélgica y el norte de Francia. Cuando los nazis rebasaron las líneas francesas, unos 42.000 civiles españoles encuadrados en las CTE -entre ellos, Fernando Sancho y sus amigos aragoneses- quedaron atrapados en territorio ocupado por los alemanes, que no supieron al principio qué hacer con ellos.

El 25 de mayo, con los alemanes marchando triunfantes y sin resistencia sobre París, Sancho envió la última postal para felicitar el cumpleaños de su esposa. “Me considero tan solitario como el que está sentado en el banco de este hermoso paseo”, dice, en referencia a la ilustración de la tarjeta. Poco después, el alcalde republicano de Almonacid cayó en manos del Ejército alemán.

Enemigos políticos

Los españoles de las CTE eran civiles. Por tanto, Hitler no les concedió el estatus de prisioneros de guerra. Tratados como enemigos políticos, la mayoría de los españoles fueron deportados en trenes a los campos de exterminio. En septiembre de 1940, empezaron a llegar los primeros convoyes de republicanos asustados, ignorantes de su suerte.

Fernando Sancho pasó por varias dependencias hasta que el 27 de enero de 1941 le tatuaron el número 6.538. Fue en Mauthausen, un minúsculo pueblo a orillas del Danubio, en Austria, que no sospechaba que iba a convertirse en sinónimo del horror. Un mes después, fue trasladado a Gusen, un campo auxiliar a unos 10 kilómetros de Mauthausen donde murieron cientos de aragoneses. Sólo resistió ocho meses. Su historia ha aguantado 65 años de olvido